De la incomunicación y el absurdo 11/11/2010 | Cristina Dominguez
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Anoche asistí a un espectáculo tripartito, un dúo, una proyección y un solo.

Me gustaría invertir el orden de las piezas para terminar hablando de la que me fascinó (Formula), pero el final de Heidi hace que me contenga y me guíe por un orden cronológico.

Esta vez la música no sonaba para que la bailaran, al menos en la primera parte. Se hace la luz y no existen bailarines, sino dos coches de juguete (rojo y azul) dispuestos en el escenario. La pista es para ellos, pero no se deciden, permanecen quietos al son de una música.

La luz se va y cuando vuelve trae consigo silencio y a Iskra Sukarova, con un trote absurdo y una precisión en los movimientos extrema, cuidada, maravillosa. Un cuerpo elocuente desde su pelo hasta las yemas de los dedos, desde sus costillas hasta el empeine revestido de zapatilla deportiva Adidas. Había leído que Formula en su origen se basó “en la deconstrucción del ballet clásico”. Iskra encarnaba todo eso. Podía hacer lo que quisiera, su cuerpo era capaz, también su expresión tan habilidosa. Líneas puras, espasmos, posturas imposibles, desagradables, garras y ladridos y maullidos. Sola, sin música, para qué más.

Hasta aquí hay algunas risas entre el público por el aparentemente inconexo mensaje de Iskra. Pero falta por llegar su compañero, Aleksandar Georgiev, que aparece cuando su partenaire le da tregua y le deja la pista. Él también tiene ese trote absurdo, y mucha menos precisión, menos estatura, menos elasticidad, y el rostro amargo de la mujer de antes cambió por una cara sonrosada, con sonrisa cándida. Por un momento pareció que cambiamos de espectáculo. No dejaba de preguntarme si en algún momento aparecerían los dos juntos, porque tendría que ser muy cómico ver tanta diferencia física. Es verdad que Aleksandar aporta humor, humor blanco, natural y energía. Empatizamos (él es el primero que lo hace) y con él nos quedamos mientras yo esperaba ansiosa la vuelta de Iskra.

Al fin los dos se juntan, efectivamente, nos reímos. Juegan a un constante trabalenguas corporal, una y otra y otra vez. Quieren mostrarnos algo, pero no saben, no pueden. Su show habla de eso, de no saber y saber, de cómo hacerlo mejor… de buscar la fórmula. Hablan entre sí, se miran, se animalizan (vi perros, gatos y sapos)… y al final encuentran una manera de bailar juntos: haciendo girar los coches de carreras que vimos al principio (rojo y azul, como sus camisetas respectivamente). Danzan los bólidos y solo entonces suena la música. Todo parece tener orden, descansen en paz. La dramaturgia de Iskra Sukarova y Dejan Srhoj vino a decirme algo así como “lo difícil de comunicarse bien”.

Ya pensaba yo que las otras dos piezas que me quedaban por ver difícilmente superarían lo que allí acababa de pasar. Y tengo que reconocer que así fue. El vídeo, Colour lab, es cansino, poco expresivo. Este cortometraje pretende ser un análisis o estudio sobre la percepción de los colores, pero creo que la manera de abordarlo resulta manida, nada extraordinaria.

Después de los 15 minutos de proyección espero al fin el solo, Heidi. De nuevo Aleksandar, esta vez con cambio de vestuario: un corto vestido de los colores del otoño. Como ya nos contaban, Heidi es un proyecto que trata “sobre la estupidez, la ingenuidad”. Aunque esta pieza contiene muchísimo humor son muchas las veces en las que el bailarín roza la máscara, el esperpento, la exageración, sin llegar a entrar de lleno en nada de eso. Al entrar en escena, antes de sorprendernos el número que ha montado para nosotros, este dulce travestido le pide a un chico de la primera fila que le haga fotos mientras baila. Así sucede, la danza de Heidi es inmortalizada por las tomas del “voluntario”.

Baila unos minutos y cuando, entre vergüenza y coqueteo, termina, nos mira, agradece la labor a su ayudante y entonces toma la cámara. Heidi pide luz sobre el público, quiere llevarse un recuerdo de quienes hemos ido a verla y nos hace fotos… Pero lo que nadie espera es que esta cándida chiquilla nos pida con total naturalidad y parsimonia desalojar el teatro. ¿Por qué no? En su espectáculo termina siendo ella quien finalmente quien hace lo que quiere (no es tan descabellado). Todos salimos de la sala riendo y sin estar convencidos de lo que está pasando. Heidi habla de lo absurdos que somos, y de que el ser humano puede llegar a ser muy idiota. Sí señor.