El loco de la discotheque (o la historia del caracol) 04/11/2010 | Cristina Dominguez
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Siempre he admirado a los tipos que bailan en las discotecas, a los que lo hacen de alguna manera peculiar. El concepto de discoteca tuvo que ser alguna vez algo tan puro como ir a bailar, a sudar, a estar en el momento y dejarte llevar.

Y eso es lo que me queda del espectáculo de Jordi Casanovas y Mal Pelo. Algo tan sencillo y genial como lo que, en definitiva, me declino a definir como la justificación de su show, de su cajón de sastre.

Desde el momento en el que Jordi entra en escena tiene cierto aire de vagabundo: un abrigo de pelos, unas zapatillas y en el decorado algún artilugio cubierto por una manta de cuadros. Me gusta pensar que es su casa, sobre todo cuando con la ayuda de una cuerda se la echa sobre la espalda y la traslada. El por qué de ese movimiento aún no lo he descubierto, pero ya digo que por su actitud, en todo momento desconcertante, terminas cediendo a su guiño, a su truco, y optas por no preguntarte constantemente nada más. Lo aceptas tal y como viene, él ha llegado para distraernos.

En Jukebox hay humor, magia con humor y danza. Danza también con humor. Casanovas no tarda apenas en mostrarnos a un bailarín enérgico, voluble, pero que se queja de pequeños dolores, de cansancio, que no llega a afinar del todo con la trompeta, que hace desaparecer un par de zapatos como cualquiera de nosotros lo haría delante de un hermano pequeño.

Un generoso patchwork de música, movimientos, voz, sonidos, poco cohesionado, con un desconcierto generado en la primera mitad del show que para algunos queda resuelto con la simple actitud del bailarín. Jordi lo hace bonito, a pesar de que no se me fue de la cabeza en los 60 minutos de espectáculo la figura del loco. Sus brazos trazaban líneas decisivas y muy pocas veces (no sé si ninguna) superaron un ángulo de 180 grados. Su baile diagonal se mueve más en un encuadre bajo y nada angosto. Al motivado de la discoteque no lo para ningún estilo musical: Paganini y Bach con un efecto contemporáneo en las líneas que su cuerpo dibujaba y un abanico de posiciones clásicas al ritmo del jazz y bebop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie. Y para colmo se atreve a poner en su boca palabras de un caracol (con un texto de Toon Tellegen):

“Yo soy más de todo que todo el mundo” pensó.
“Pero lo que más soy es lento”

El nervio, el perfil casi esquizoide mostrado hasta ahora se enfrenta a estas palabras leídas con saber hacer por el propio protagonista. Tira el libro y echa a bailar, corre, suda, nos mira. La única melodía que da tregua a este loco es una de Jacques Brel, pero todo vuelve a su cauce cuando la chanson es interrumpida por el Sexmachine del señor James Brown. No queda otra: hay que seguir bailando.

Llegando al final retoma su habilidad de mago y va haciendo desaparecer cada elemento: el gran reloj, la silla, la trompeta… hasta él mismo. Es entonces cuando regresa a mí la imagen del principio: el vagabundo con su casa a cuestas, ¿es esta la historia de un caracol?

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