Vaivén 12/11/2014 | Beatriz_Gomez
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VAIVEN

5 de Noviembre. Teatro central, Sala B.

Mes de la Danza.

 Sevilla

 

Una sensación extraña: Vulnerable. Dos hombres en la sala B, del Teatro Central de Sevilla,  para expresar con el cuerpo el “zeitgeist”, el espíritu del tiempo. No prometen nada de esto, es la experiencia que se destila una vez representada.

“Dos arquetipos” . El bailarín: ( Juan Kruz ) y el hombre: ( Antonio Ruz)  , ambos transformando las categorías que habitan a través de la propuesta del Vaivén. Parten de la premisa de dirigirse y coreografiarse recíprocamente en dos solos que constituyen el trabajo que presentan.

Tanto Juan Kruz como Antonio Ruz, ( Legazpi y Córdoba respectivamente) comparten referentes: su condición de artistas residentes en Berlin , y  el hecho de que ambos estén conectados a la compañía dirigida por Sasha Valls en la capital alemana.

Estos antecedentes les llevan a generar un discurso en el que no está exento el hecho de la inmigración, ni su condición de “escritores” de su tiempo y espacio, cuya principal herramienta en ambos casos será el cuerpo.

Esta no es la primera obra en la que colaboran juntos, ahora presentan Vaivén,  que se estrenó ayer día 4 de noviembre en estreno absoluto durante esta 21 edición de mes de la danza 2014.

 

El Bailarín:

 

Veo un cuerpo, que de danza está por momentos vivo, enfermo, hermoso ¿lo mueven? ¿se mueve? ¿Sufre? ¿Lucha?  ¿espera el juicio eterno que vivimos en el trabajo, en los estudios, en nuestras propias exigencias y por eso prueba, duda, aprende, falla…? ¿espera a Godot?  los movimientos se “estiran” al infinito. En esta representación y búsqueda, los límites aparecen, a través de caídas, cambios de rumbo o de ritmo, generan posibilidades que manifiestan la esencia del encuentro entre el cuerpo y las preguntas: Ahí surge la danza.

Asistimos a una experimentación física donde el cuerpo se hace objeto de unas condiciones donde el tiempo cambia por imput de lo que considero un acuerdo de experimentación y compromiso personal con la realidad, que el bailarín comparte desde la generosidad total.

Podemos ver físicamente los cambios a los que se somete. Es como si asistiésemos a un experimento donde la masa de un objeto fuera expuesta a gravitaciones desconocidas y para las que no contamos con un lenguaje para describirlo, porque van al ritmo mismo de la experiencia que lo manifiesta. Sería como realizar un mapa escala 1.1 de la realidad. No hay alternativas a esta visión para ser explicada, ni metáforas. Aquí está el límite, que en si mismo es un lugar. Se viaja hasta el límite.

El trabajo coreográfico realizado por Antonio Ruz, el de su ejecución por Juan Kruz,  y el de las luces y dirección técnica realizado por Olga García,  son los componentes que escriben este proceso a escala real.

El hombre:

En esta segunda parte, representado por Antonio Ruz, bajo la dirección de Juan Kruz, en la que se incluyen los arreglos músicales, observamos efectivamente a un hombre, que está solo. Sus acciones representan la búsqueda de conexión con el mundo. Este hombre tiene alma de Clown.  No le faltan maletas, aparatos de música, inventos, palabras masculladas, canciones y   llamadas de atención al bailarín que yace inerte a su lado, buscando un compañero.

El hombre de la representación, se mueve en un espacio en el que no hay respuesta a sus palabras, ni a sus acciones, lo que resulta un lugar asfixiante pequeño, divertido por momentos y enloquecido. No hay eco que le ayude a hacerse una idea de cuán grande es el mundo que le rodea o de cuánta atmósfera dispone.

Al observarlo además en este lugar, da la impresión de que el escenario es el único espacio donde esta búsqueda puede desarrollarse por completo, el hombre se permite hacer “lo que le da la gana”, explorar, llamar, quejarse, imaginar… ¿Proporciona esta libertad el hecho de lo artístico?.

Se genera una sensación contradictoria, pues de un lado nos habla de la libertad creativa que proporciona el arte, como premisa y respuesta al aislamiento, pero por otro transmite claramente un límite, que es en el que vive el arte por ser un lugar sin respuesta por parte del mundo, ya el arte es una categoría fragmentada de la realidad, “un lugar donde poder ser libre” . Esto no tiene sentido en un mundo que no es libre de serlo en cualquier contexto.

Se aprovechan los recursos musicales, para cambiar el ritmo y los ambientes. Queda  una sensación de belleza, esperpento y humor, como salida final a lo imposible.

Para cerrar y por continuar con el efecto del vaivén, destacar que un nuevo movimiento queda en el aire una vez terminada la obra: se desubica de su silla al “espectador”, para invitarle a responder desde el mundo al arte, siendo libre de explorar y buscar conexiones, fuera de los espacios reconocidos como artísticos, ¿se podría ver así un arte menos aislado?

Beatriz Gómez Portillo