16/01/2018 | Comunicación Mes de Danza
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DANIEL IZQUIERDO
Foto: Kiko Tirado / Taller Instantes en Movimiento

Primer texto (primeras visiones, impresiones y reflexiones sobre lo que me transmitió la obra en general)

Una primera sección, espacio cero de la actriz, “¿por qué?”. El humor como herramienta, la crítica, el recurrir al cotilleo para prevenirnos, como preámbulo de que existe un desajuste, que no es fácil el rol del artista. La sala, una suerte de Mesopotamia en decadencia, alegoría de una precariedad que quizás tan solo un cambio de percepción pueda virar en escenario digno. 

Monte Olimpo, el drama griego y los tranquilizantes, síntoma de una sociedad que se debate por no desquiciarse. La caída, el pez que no logra sino a duras penas respirar fuera de su medio. Un torso desnudo, luz contrastada en la ausencia, recogida a un rincón. La virgen, la prostituta, se habla desde un cuerpo femenino en singular, la banda sonora de una Semana Santa a la que se respeta y de la que es difícil desmarcarse. 

Los coturnos, historias tristes en tres palabras. Un carril, que engrasadas las vías nos lleva a la dureza de una vida que no por ello merece menos la pena ser vivida. Los parches, ‘we are all running with our hands in front of our eyes‘ leí hace unos días plasmado con un estencil a la salida de mi parada de metro en Lewisham, sureste de Londres.  

La manta, alfombra como digna capa, como la toga que la envuelve detrás de una tragedia confesada: la de una vulnerabilidad, como la de cualquier ser humano. La guerra como clímax del miedo y la aberración. Las mil barbaries a afrontar, las que reducen a un sinfín de historias tristes de tres palabras, o que por contra necesitan muchas más, o tal vez el grito en vez de palabras. El silencio que le sigue. La reflexión al sufrimiento obligado. La esquina como dispositivo espacial dramático. El pajarito hacía pio, pio. Volar sin casi plumas en las alas. El deseo de escapar a sabiendas de que no hay una tabla de salvación.

La peluca sacrificada en pos de liberarse de un pudor esperado en el que mira. La esquina, los límites del escenario como metáfora de la exploración de nuevas vías expresivas. La luz, los coturnos, la Semana Santa, el rock andaluz como origen y destino propio de nuestras emociones. Podemos elegir un momento o toda la obra, lo esencial permanece, constante e irresoluto, dolorido y por encima de todo como síntoma de vida.  

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Segundo ejercicio de análisis en referencia al segmento de la obra que visualizamos en vídeo (con y sin sonido)

Animalización, lengua, respiración pesada y agónica. Retorno a la precondición del lenguaje. El ruido y el grito como semántica de una incertidumbre personal. Y al agacharse, la escatología, un deseo primario. Retorno de un giro de cabeza que se hace continuo y crece en intensidad, intersticio hacia el Monte Olimpo como vía de restitución de origen del drama. Despojarse de lo superfluo, viaje a ras de suelo, rodillas flexionadas. Una inclinación, prefacio al éxtasis de la flagelación. Sufriente. Ça suffit. Existencia atrapada en la idiosincrasia de una cámara lenta. Bárbara genera movimiento desde la tensión corporal. Postura erguida, apertura de laringe al mundo del exterior que la envuelve y le demuestra incomprensión. Comienzo de un descenso moroso, apertura del suelo pélvico, llegada a una posición de cuclillas. Coturnos como eje central de la estabilidad. Torso y cabeza giran, anclaje físico nos remite a la sólida base de los coturnos. 

Cuerpo pesado, monumental la agonía, la calidad del movimiento le confiere un carácter pesado, como si deshacerse de esa agonía fuese una labor hercúlea. La respiración profunda, sonora y disruptiva contribuye a subrayar el desencaje existencial que persigue buscar respuesta. Voz que parece nacer del aliento. Boca como punto de entrada y salida. Punto de desdoblamiento inicial el eje diafragmático, flexión de piernas, eje pélvico en conexión al diafragmático que vuelve de nuevo a contorsionarse en una suerte de autoflagelación del costado derecho. La mirada de Bárbara elude al público cuando los minutos iniciales de la pieza su mirada buscaba, directa, entablar un contacto con los presentes en la sala.    

La situación ahora es otra. Se repliega Bárbara a la esquina en las traseras del escenario, su centralidad y predominancia inicial se difuminan. Se comienza un viaje interior que nos lleva a las postrimerías de un yo que comienza un personal duelo, que a la vez es íntimo y personal, pero que por estar en un escenario se expone, ya sea de manera oblicua a partir de este momento. La mirada elude ahora al público y la tenue luz que baña su cuerpo desprovisto de protección proyecta la figura y persona de Bárbara a un espacio vulnerable, íntimo y propio.