La silla incómoda 16/01/2018 | Comunicación Mes de Danza
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MILA ORTIZ
Foto: Kiko Tirado / Taller Instantes en Movimiento

Desde mi butaca entre el público, no encuentro una postura única para percibir todo lo que Bárbara Sánchez se atreve a mostrarme. Presiento que se me escapan cosas, porque hay mucho más de lo que parece bajo la superficie de esta obra, que empieza como un monólogo cínico y termina como una catarsis agónica. Me incorporo en el asiento como si pudiera estar más cerca, como si tuviera unos prismáticos. Nada sobra en este escenario precario pero hay que estar muy atentos tanto a las repeticiones como a las transiciones inesperadas. La directora del taller me dijo que me fijara sobre todo en el cuerpo. Debajo de esa peluca, de esa chaqueta y botas de cuero, de su desnudo y detrás de la superposición de las palabras que resumen historias tristes, los gestos, las canciones populares, los pocos objetos de atrezo, los gritos, las monedas contra el cristal, los ruidos de piel golpeada y la madera de esos zancos imposibles hay una actriz y una persona (a veces reducida a una mente cruel) que se alternan sin aparente control. Este animal bicéfalo lucha por tener razón y lleva al cuerpo a la autodegradación.

De todo este cúmulo de experiencias, me impresionan dos elementos, un objeto cotidiano frente a uno insólito, la silla y los coturnos, unos zapatos de suela alta de madera que servían a los actores de las tragedias grecorromanas para estilizar la figura y que ciertamente empoderan a Bárbara aunque siga con su lucha interna.

La silla pasa de ser un sostén para su cuerpo rígido mientras su lengua se suelta, donde se ensaña con Sevilla y su público, en contraposición con un momento más dramático en el que cae al suelo y donde ya no puede ni siquiera incorporarse lo más mínimo, como si se le hubieran dormido los miembros. Más tarde se convierte en una carga, la que enrolla dentro de su manta de vagabundo ebrio, que guarda celosamente sus escasas pertenencias y se desliza pesadamente por el suelo como un caracol (¿cómo se puede ensayar eso?). Y termina por ser el trono de en la representación de la virgen, icono del sufrimiento femenino.

Por otro lado, los coturnos son ese pedestal de cemento en el que la mujer se exhibe sin tapujos, se vende, se pone en peligro al subir y bajar las escaleras (me alarga su mano para que la ayude a bajar, lo que me produce una ternura infinita) y trata de volver a controlar su respiración y sus movimientos. Hay una escena en concreto en la que la respiración cambia su curso habitual, está forzada con el discurso casi imperceptible, inspirando desde dentro, se le inflama la boca y la garganta, saca la lengua, expulsa gemidos de ahogo y trata de mantener el equilibrio sobre ese pedestal ficticio. Solo su pecho cuelga, el resto del cuerpo está en tensión. Seguidamente se flagela hasta que su armazón corporal acaba rindiéndose literalmente, en un movimiento lento de arriba abajo, en el que va cayendo al fondo de sí misma, la locura derramada y escurrida con una fregona que es el ritmo del propio cuerpo retorcido. Solo puede dar pasos pesados y movimientos cortos. Se agacha y tumba el zanco, los brazos parecen las alas de un pájaro recién nacido y caído de un nido. Me doy cuenta de que ha conseguido bailar sin pies y sin suelo, esta mujer valiente por mirarse por dentro y transformarlo en teatro, en una danza venenosa que no trata de ocultar nada, ni lo más intimo y donde las sombras que nos persiguen se convierten en arte.

Gracias a Bárbara Sánchez en Somewhat Paler por su imponente estudio del cuerpo para sacudirnos la consciencia y a los miembros del taller por sus aportaciones, indispensables para devolver a mi memoria ciertos momentos de un espectáculo inolvidable en su esencia.