En plena resaca de Somewhat Paler 16/01/2018 | Comunicación Mes de Danza
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MARÍA JESÚS DE LOS REYES MANZANO
Foto: Nori Peñas

Para hablar de Somewhat Paler tengo que hablar de esta sensación incómoda. Incomodidad por algo inconexo o incompleto, algo que no llego a entender, a resolver. Y, por haberme sentido usada para que la artista se limpiara de tantos y varios pesares y enfados.

En un primer lugar, asistir a esta representación me lanzó a mi propia intolerancia. Seguía repitiéndome… “Así no se construye escénicamente ese discurso…” “No entiendo, no conecto con las transiciones ni las duraciones de los estados que nos expone…” “Falta tiempo en detalles que dan sentido al todo y sobra tiempo recreándose en gestos que ya se reconocen desde un principio…” “A qué tanto regodearse en la miseria del otro y en la suya propia, sin ninguna otra intención más que la de exponerlas y hacer sentir mal al otro, tan mal como ella se siente…”

El arte, desde mi punto de vista, que yo tomo como verdad, puede ser considerado como el derecho de expresarse libremente, sea lo que sea que se quiere expresar. Así que, por esa verdad, mía, empiezo a mirar desde otro punto de vista.

Sentí miedo, asco, impotencia, enfado, tristeza e incomprensión…

Dicen que si la intención de la artista se transmite a su público, la pieza es coherente, completa, y la artista ha conseguido su objetivo en el acto de la comunicación. Me falta saber la intención original de Bárbara Sánchez para afirmar esta coherencia.

Me queda por tanto, mi experiencia como público. Y desde ahí, vi como su cuerpo me era acercado, expuesto, se me arrastraba a mirarlo, pero para qué…? Según sentí, para recibir bofetadas visuales llenas de crítica iconoclasta sobre el cuerpo en la cultura de las artes escénicas, la religión y el género en nuestra sociedad actual andaluza.

Y también sentí que me faltó tiempo para quedarme en los pliegues de sus rodillas, en las líneas de sus costados, en el juego de sus ojos mirando y desquitándose.

Tiempo para esos detalles que construían algo mucho más completo e importante que lo que se nos lanzaba a manos llenas a primera vista, como por ejemplo la sutilidad del uso de las luces, que construían un cuerpo mítico, mitológico, mágico y obsceno por momentos, y a veces a un mismo tiempo.

Ese cuerpo con el que me he quedado con ganas de que me cuente más. Y también, con más ganas de ese cuerpo del final, que se viste cual emperador romano y sale a recibir las glorias con una mirada llena de un poder muy especial, el de saber decir: “Sí, todas estas miserias son mías, tan mías como tuyas. Tuyas porque vienen de ti y las sufro yo. O tuyas porque tú también las has sufrido como yo.” Creo que a veces se le llama dignidad a ese poder que nada ni nadie te puede arrebatar, cuando sabes quién eres, sea lo que sea, y no lo escondes.

Y me he dado cuenta, es obvio, que todo mi conflicto viene porque yo lo que quería era ayudarle a ser feliz, solucionar todo su embrollo, que hubiera paz al final de la guerra, señora. Quiero una conclusión más allá del ser digna tras una explosión de ira, impotencia o victimismo. Quizás necesité más tiempo en ese final de empoderamiento, para que su presencia acumulara suficiente sentido en mi cabeza y así poder poner paz, la paz que yo deseo, con la dignidad de ser quien cada cual es.