La proporción íntima 04/02/2019 | Comunicación Mes de Danza
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Texto: Belén Cobos
Foto: Luis Castilla  

Un hombre, Alexander, abre una puerta, la puerta de la sala y justo a continuación la puerta de su cuerpo. A los pocos minutos de entrar en la sala nos da permiso para observar su desnudez  y nos presenta a su alter ego, Aneckxander, sin previo aviso. Su mirada abierta y frágil y unos movimientos que a veces rozan lo sobrenatural, nos llevan a un universo que roza lo grotesco donde miembros, cuello, pies y brazos se moldean y retuercen como carne vulnerable ante nuestros ojos. Nos lleva a imágenes propias de un bestiario, de un ser llegado de ninguna parte que nos hace cómplice de su fragilidad.

Fragilidad que llega a su máximo punto cuando el intérprete nos muestra la parte trasera de su cuerpo, recogido… Agachado ante un piano, colocado al fondo de la escena, del que surgen unas notas simples que rompen el silencio por primera vez. En ese momento sólo puedo fijarme en sus vértebras, que me recuerdan a los peldaños de una escalera a un lugar incierto.

El ser recogido y deforme se despliega sucesivamente en una amplia verticalidad que ocupa parte del fondo y el centro del espacio de la escena con invertidas, giros y suspensiones; y en cuestión de segundos que dura la variación observamos cómo su cuerpo se expande y se nos muestra con virtuosismo y control.

Pero eso es insuficiente para Aneckxander y momento a momento nos invita a un más difícil todavía. Añadiendo elementos: guantes y zapatos que se me antojan prótesis, le producen dificultad de movimiento y dificultad de respiración introduciéndonos no sólo en un bucle físico, sino también mental. Un bucle que nos desconecta del físico del bailarín en estado puro con golpes y dolor físico que también resultan dolorosos mi ojos.  Es éste también un momento del virtuosismo y el control del cuerpo y apoyos para ejecutar la variación con más dificultad cada vez…hasta decir “basta”.

Hasta rendirse y entregarse al suelo…el cuerpo puesto en peligro, al igual que la sombra de la duda de un posible peligro colectivo cuando un rastro de humo surge de uno de los focos junto al escenario.  Una luz pequeña y desnuda, al igual que toda la puesta en escena de la pieza: cuerpo, música e iluminación en su expresión más austera.

 Y como quien ya no espera nada, Aneckxander se acerca a nosotros, nos mira y nos sonríe con unos ojos y un rostro relajado y real. Quizás sonriendo a su propia tragedia o burlándose de nosotros por ser unos simples testigos que nada pueden hacer ante el vacío entre sus clavículas y su corazón.

Abandona entonces el centro de la escena y con ello el bucle del dolor para, aún con cierto lastre, servirse de él para ofrecernos un éxtasis físico y también espiritual. En este momento de la pieza, el intérprete realiza una variación con los pies fijados al suelo dejando libre y fluido el resto del cuerpo; Lo cual nos hace recuperar el aliento y admirarnos de nuevo.

¿Es éste el fin de su historia? ¿Ha conseguido la perfección ansiada?

No, el intérprete continuará estando presente casi ajeno a la mirada de los espectadores, permitiéndonos seguir mirando por un imaginario ojo de cerradura, hasta que nosotros mismos decidamos poner fin a observar su intimidad y salir de la sala.

Por algo más de una hora un intérprete ha dado permiso al público para ser testigo de sus inquietudes y complejos, no sólo a través del desnudo físico  en el que ejecuta toda la pieza, sino de un desnudo de su propia intimidad.