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Resonancia de aula 10/02/2020 | Comunicación Mes de Danza
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Texto: Alba Lucera
Foto: Agustín Rodríguez

Un silencio algo insistente cuestiona el espacio antes de dejar paso a la acción. Estamos ahí, público convertido en alumnos, sentados en el aula antigua en que se desarrolla la obra, a modo de recuerdo de los estudiantes que fuimos o no fuimos.

Ellas también están ahí. Sabemos que son bailarinas, pero el entorno nos dice que pueden ser otra cosa. Entre la multitud de cuerpos, me encuentro yo. Respiro el aire cargado de las aulas antiguas. ¿Se abren los ventanales o solo entra el aire por la puerta las veces que se abre?

El silencio revela una multitud de ruidos generados por el propio espacio. Soy parte del murmureo y me veo reflejada en el crujir de la madera. Me siento acompañada al escuchar a mi vecino. Necesitamos reconfortarnos en esa tos solidaria que dice el miedo al vacío y las ganas de aterrizar juntos. No estar solos, como de niño, cuando amenaza la oscuridad de la noche y se busca la mano del muñeco bajo la almohada.

El silencio previo a la función nos devuelve al mundo fantasmal de nuestra pequeña infancia. Trae inseguridades y llega a incomodar. Puede ser que otros lo disfruten, pero todos sabemos que la función debería de haber empezado desde hace tiempo. Intuimos que algo ya está hablando.

De pronto, ella habla. Ella, bailaora, bailarina. En realidad, nadie ni nada ha dicho que baila. Su apariencia de institutriz estricta y su vestuario formal informan del contexto en que estamos inmerso. Se habla de protocolo, de reglas. La voz oscila entre los agudos y tonos más roncos, hay cierta amenaza en las palabras y la mirada. Mientras habla, la profesora recorre la parte delantera de la cátedra, avanzando y retrocediendo. ¿Es profesora? ¿Es ella ese personaje inamovible con el que me tendré que conformar hasta el final de la pieza? ¿O solo es un tipo de presencia, con múltiples cuerpos a punto de revelarse?

Las sillas de madera crujen, hay sonidos y susurros. Toco la madera barnizada y rajada de esa misma butaca donde me senté años antes. El recuerdo de las horas de clase aflora. Aquel día cuando el profesor nos confesó que acababa de perder a su madre y que le costaba hablar de Cervantes. Aquel otro cuando los géneros literarios se revelaron siendo lejos de representar categorías absolutas. De pronto, las palabras cesan, el cuerpo de su emisora se detiene. Una puerta se abre y aparece otro cuerpo.

¿Quién es? ¿Otra profesora? ¿Una alumna? ¿Importa saberlo? Su vestuario verde pistacho acordado a la blusa y falda de su acólita contrasta con la semi-oscuridad del aula. Ese cuerpo ondula, se funde con la puerta en su entrada en escena. Escalando las paredes, se mueve de manera excéntrica, en sentido propio y figurado. Los miembros inician el movimiento y el tronco sigue como pueda. Se camufla en el espacio del aula, siguiendo sus relieves; una mesa, una silla, cualquier objeto integra su trayectoria, bajo la mirada de su compañera.

En algún momento, los dos cuerpos se encuentran en el movimiento a través de líneas que proyectan en el espacio. Ahí empieza el diálogo. Un dúo con preguntas y respuestas, intervenciones, instantes de escucha y tomas de palabra que no van a cesar hasta el final de la obra. La escucha es plural. La de ellas juntas y la mía. Avanzan ambas en un mismo ritmo, al servicio de la obra.

Descubrimos que esos dos cuerpos bailan. La primera zapatea, la otra intenta traducir lo que se ha emitido con los pies, a la vez que invita a tomar direcciones nuevas. Movimientos que nos sorprenden y nunca apuntan adónde el ojo se lo espera. La primera bailarina tiene movimientos más concéntricos, remata las frases con fuerza. Y si se deja llevar por el flujo de la acción, siempre concluye con un punto y aparte. La segunda en aparecer en escena, parece seguir el discurso de sus articulaciones y enseñarnos que nada está nunca por acabar, que siempre hay una nueva dirección posible. En ese diálogo constante, las dos mujeres – son mujeres – se acompañan. Los contrastes entre concéntrico y excéntrico generan emoción. La fuerza de los pies subraya los gestos, mientras el movimiento del tronco contradice la afirmación del tacón. El contraste entre el remate y una cabeza que se deja llevar por inercia, sin control, conmueve. Puede pasar en un mismo cuerpo.

La complicidad de los dos lenguajes es llamativa. Las dos mujeres, profesoras, bailarinas, alumnas, en fin, sus dos cuerpos encarnados, concuerdan en el ritmo y en el espacio. Conjugan su diversidad. Se acompañan en las aceleraciones y deceleraciones, en las ondulaciones y los finales abiertos.

En algún momento central de la pieza, las acciones se multiplican y parece ser que las dos se persiguen; el flujo de movimientos se intensifica, el ritmo acelera, el zapateado habla más fuerte. Recorren el espacio de un lateral a otro, en una carrera libre, aprovechando cada hueco para llenarlo.

La pieza sigue, pero algo ya ha ocurrido. Hemos perdido la noción del tiempo. Nos vamos adentrando en el discurso de las profesoras-bailarinas, y ahora la primera dicta una clase con sus taconeos. “Tico-tico ta –ta y ta.” Punto, coma, prosigue. Otra vez aparece el personaje del inicio. La institutriz con nariz apuntando al cielo y sus pasos firmes. No hay margen de error. No hay sitio para quien duda o falla. Su acólita reproduce movimientos. ¿Cómo se los apropia? ¿Hay miedo en fallar¿ ¿Hay deseo de llegar? Los dos cuerpos van intercambiando sus discursos y el derecho a la palabra emerge de nuevo. Se expande sobre la pared. Mientras se acercan al muro y juegan con los huecos de la cátedra, las bailarinas conquistan la pizarra como nuevo salón de baile. Sus cuerpos se unen en ella y dibujan con tizas. El lenguaje es abstracto, mientras no para de significar. Vemos aparecer líneas, puntos y otros dibujos. No sabemos qué se escribe, pero leemos una acción conmovedora: dos cuerpos unidos a una pared cuestionando sus límites.

Unos hilos dibujados con tizas quedan a la vista como imagen simbólica del lenguaje. Hay lenguajes de todo tipos. Ahí, el cuerpo habla. Y vuelvo a pensar en la araña tejedora que tanto me ha acompañado en mi danza. Esa imagen, bicho real, que crea con su saliva los hilos del texto que entrega al mundo: su creación. Creadora de signo, símbolo de la aparición del lenguaje, la araña teje su tela, para luego tirar del hilo y deshacer el camino. Regresar del laberinto o alcanzar su centro. El aula recóndita.

Vuelvo al presente. Porque ellas, bajo mi mirada, no dejan de estar ahí, entregadas a lo que ocurre, atentas a lo que surge. Mientras sus dos cuerpos evolucionan en el espacio, los sonidos no paran de acompañarlas. Sonidos del aula, sonidos grabados. Ya no sabemos qué proviene del espacio real y qué está emitido por una cinta. La araña suelta una risita de contentamiento. Crujidos, murmureos, campanas, ruidos de agua. Hasta que llegue Vivaldi.

Vivaldi en el aula es un cuerpo más. Las bailarinas lo reciben como una tregua en el discurso de su clase. Bailan en trio. ¿De dónde viene la música? Del propio cuerpo de los intérpretes? ¿O de un espacio exterior? ¿De siglos atrás? ¿Qué es la música para un cuerpo danzante? Podríamos hablar mucho del tema, pero se acerca el final. Los cuerpos poco a poco van cediendo al lenguaje ajeno de su falso doble, sin nunca renunciar. Avanzan en un paso a dos que me interroga. ¿Ese hilo, a dónde las lleva? ¿Adónde me lleva?

De nuevo, llegan las palabras. Volvemos abruptamente al lenguaje verbal. Es repentino, porque el viaje ha sido largo y cuesta regresar al habla. Poco a poco, el volumen sube y percibimos mejor lo que se dice. Se habla de un giro. De lo que representa en la vida de una bailarina. La voz emerge de cuerpos invisibles para decir lo que se siente en lo físico. El tono autoritario de las palabras del principio da paso a una confesión íntima. Hay matices en los agudos y los graves se hacen dulces. De pronto, los dos cuerpos han salido. La puerta se cierra y nos quedamos solos, con el silencio, las emociones y las dudas, con la certeza de haber presenciado una clase que dice más que su propio contenido.

Acerca de la pieza AULA de Natalia Jiménez y José Luis de Blas, con la colaboración especial de Leonor Leal y el espacio sonoro de Juan Diego Calzada