La ensoñación de Dédalo 20/11/2013 | ElClubExpress.com
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Aprender a alzar el vuelo. Aletear con persistencia esperando poder despuntar, que los dedos dejen de estar pegados al suelo, que el aire frío y el sol nos roce la piel. Aprender a volar, de cero, de nuevo, como antes o como nunca antes. Roser López, allí, aleteando en silencio, en esa sala disfrazada de blanco. Un zootropo permanece en la esquina. Y Roser López, aletea hasta que aparece Guy Nader, que la acompaña en la interpretación de esta pieza que parte de una profunda investigación e indagación en el movimiento de las aves y sus migraciones.La música de Ilia Mayer, que nos envuelve en este aprendizaje durante todo el espectáculo con sus incursiones, empieza a sonar. El aleteo persiste, brincan y brincan, quieren salir del nido, cada vez con más fuerza. Hasta que se sumen en la oscuridad y caen desfallecidos. Guy Nader despierta. Busca a Roser, que sigue inerte en el suelo, desfallecida ante el esfuerzo y la constancia del aleteo. Tira de sus mangas, la coge como si fuera una pequeña pluma, por su camiseta, por su pantalón, la obliga a aletear, a mantenerla en alza. Quiere ayudarla a volar, pero ella cae, desfallece, se deja caer como un peso muerto sin contemplaciones.

Pero reacciona. Reacciona enfurecida. Se entrelaza consigo misma, con sus pies, con sus brazos, los cuestiona. Superación, convencimiento férreo, constancia, empuje. Ganas de vivir. Ella, quiere volar. Pero no puede. Aletea con violencia, pero el sol queda muy lejos. El zoótropo gira dejando ver unas golondrinas en la lona blanca. Se retuerce por el suelo en movimientos imposibles, intentando escapar de la cárcel de la gravedad. Pero no, sigue sin poder. Al menos no sola. Guy Nader la coge con ternura, entrelazan sus manos. Y se enseñan el uno al otro. Él le muestra que es fácil. Ella se deja llevar. Se unen y se separan, sin soltarse, giran y se elevan. Él la eleva, y ella al fin, vuela. Y él vuela con ella en un vuelo de complicidades. Se separan. Él continúa explorando, lo físico, la resistencia, buscar surcar el aire para no desfallecer, mientras ella, espera. Y luego ella. Batiendo sus alas huyendo de la caída. Y luego, otra vez juntos. Corriendo en círculos, como aquellas bandadas de pájaros que observamos en el cielo, que creemos sin rumbo, siempre al caer la tarde. Sus movimientos emulando a aquellos pájaros. Siendo ellos, esos pájaros. La luz que se endurece, la tarde que cae. El avance desesperado de los bailarines a tocar el sol, desoyendo los consejos que Ícaro le diera a Dédalo. La ensoñación del que quiere volar. Del que lo consigue, a pesar de tener los pies en el suelo. La luz se va extinguiendo, mientras los seguimos todavía viendo volar en las penumbras, hasta que nos quedamos a ciegas.

Texto: Piedad Bejarano
Foto: Luis Castilla