Danza sobre una misma 17/11/2010 | Cristina Dominguez
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Ayer fue mi último día en esta muestra del Mes de Danza 17, no podré asistir a los espectáculos del fin de semana, pero al menos vi Même à moi revenue… bien acompañada y eso siempre gusta.

Fue un espectáculo bonito, elegante, quizás lo más clásico dentro de la danza contemporánea que he visto estos días. Las bailarinas Geneviève Mazin e Imen Smaouï muestran su buen hacer en un espacio sencillo pero muy interesante.

La pieza empieza siendo un bucle, tanto musicalmente como en los movimientos de Imen detrás de la tela traslúcida. No tenían fin ni principio, estaban unidos. Este bucle dura algunos minutos y a él se une, en su espacio, Geneviève, con movimientos igualmente seguidos, delante de la tela, pero con una cadencia distinta. La música termina, las bailarinas se encuentran y tras un breve contacto físico comienzan a bailar juntas, probando, tocándose, apoyándose la una en la otra.

Podría parecer que el espectáculo iba a quedarse ahí, bailar un rato más y ya. Pero la sala B del Teatro Central se convierte en una sala de espejos sin espejos. Las telas que servían para separar ambientes y esconder un poco a las bailarinas sirven ahora para que sobre ellas se proyecte un vídeo con una tercera componente: una segunda Geneviève. Esta nueva figura baila y parece realmente que está allí, de hecho hay tiempo para que bailen en paralelo, por separado e incluso se funden en una imagen preciosa, costando diferenciar cuál es la verdadera y cuál la réplica. Estas proyecciones hablan de la multiplicidad de la personalidad de uno mismo, como dice la propia compañía “la imagen artificial permite una circulación visual entre la imagen íntima y la imagen pública (…), entre la imagen que otros proyectan y la que nosotros admitimos.”

A ratos me han recordado al trabajo de la bailarina y coreógrafa Denise Perdikidis, a la que curiosamente no he visto bailar ninguna pieza. La conozco como profesora de movimiento e interpretación corporal. Ella también se llena de movimientos limpios y de una buena escucha.

Con ese título que no significa nada y a la vez significa tanto (es una redundancia de la primera persona), el discurso de ayer era un retrato del ‘yo’, de tantos como existen dentro de cada uno.

Y así cierro estos escritos sobre danza, viendo un espectáculo protagonizado por dos mujeres en la misma sala en la que hace algunos años vi Ölelés con Damián Muñoz y Jordi Cortés, dos hombres que me hicieron llorar y que en parte fueron los responsables de que hoy yo sea una asidua al Mes de Danza.

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