Doble pirueta 23/12/2010 | Francisco Carrellán
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Siempre que vas a enfrentarte a un espectáculo de cualquier disciplina contemporánea, si no eres lo suficientemente bueno (o engreído) como para confiar en tu criterio propio y en capacidad discursiva, vas con el miedo del… “a ver lo que me encuentro”. Naturalmente, depende mucho de tu estado de ánimo, de con qué actitud te enfrentes a él, de por qué vas y qué esperas encontrar (aaaay, las tan temidas expectativas).

Como resultado… pueden generarse varias situaciones. La primera de ellas, la más inquietante es… salir y pensar… “¿qué me ha parecido?” “¿me ha gustado o no me ha gustado?” (por supuesto como proceso previo, antes de plantearte abrir la boca). Ésta es la actitud que tomas cuando, al levantarte de la butaca, al salir de la exposición, o incluso del cine (sin incurrir en que tenga ésta que ser una pieza contemporánea, en la que el director haya pretendido innovar o arriesgar), pues, según decía, cuando te encuentras en esta situación, tratar de ser el primero en preguntarle a tus acompañantes por su opinión, “¿te ha gustado?” (o recurrir, lo que resulta mucho menos elegante, al “…a ti, a ti, ¿qué te ha parecido a ti?”).

Otra posible situación con la que encontrarte es la de pensar… “no me ha gustado nada, a ver cómo hago para comentarlo”. Una actitud bastante frecuente cuando nos encontramos con gente que lo que ha pretendido ha sido la innovación por la innovación, tensar la cuerda un poco más (da igual que en el camino se pierda el sentido) o, sencillamente, no estamos lo suficientemente cultivados como para lograr ‘entender’ lo que se ha mostrado. Aunque ésta última es una actitud bastante más humilde, en realidad se trata de la respuesta más fácil ante el miedo y decir lo que otros puedan recriminar. Pero con argumentos. O al menos, pareciendo que lo hacen con argumentos.

La última posibilidad es que… y ésta puede subdividirse como pueden hacerlo también las  anteriores, salgas con un muy buen sabor de boca, entendiendo o no  el motivo, por qué la pieza, obra o performance ha logrado tocarte la fibra, llegar hasta algún punto de tu sensibilidad por el que ha logrado comunicarte, trasladarte o plantearte cosas. Naturalmente, ésta es la reacción más fácil de acometer. No tienes que esforzarte por encontrar una explicación, no debes buscar la razón para el descrédito. Ni tan siquiera debes disimular o establecer un papel sobre lo que te ha gustado (cuando en realidad está muy lejos de haberlo hecho). Sales del teatro con la sensación de que el tiempo ha transcurrido demasiado rápido, que podías haberte quedado disfrutando de la actuación mínimo otro tanto más, y que podía haberse parado el tiempo y continuar sus bucles, sus actuaciones, sus piruetas y su manera de comunicar.

No han sido muchos los espectáculos que, dentro del Mes de la danza de Sevilla de 2010, he asistido. Pero han sido unos cuantos. Con todo, éste ha sido con mucho el espectáculo en el que durante más tiempo he disfrutado, en el que hubiese querido que se parara el tiempo y que, tanto Manuela Nogales como Bud Blumenthal, continuaran con una obra que logró que dejara de pensar y de buscar decimales y me dejara llevar por lo que estaban contando, por su sentido de la estética, por su manera de congeniar, de establecer los ritmos, los espacios y las comunicaciones con el público, con otros elementos de la obra el uno con el otro, haciendo de la suma, bastante más, mucho más que, como se dice, la suma de las partes. Éste es un muy buen ejemplo.

La química que se establece entre Nogales y Blumenthal, así como la composición que resultó de sumar el violín de Sigrid Kuene, contagia al público que, enmudecido ante lo que está aconteciendo ahí delante, observa y se deja llevar por ese diálogo a dos/tres con la mínima de los elementos. Resulta de una valentía encomiable que dos artistas, tan ya reconocidos como de los que se trate, sólo usen sus fisonomías y la danza como comunicación única, ayudados sólo por unos ritmos apenas desarrollados (sin dejar de ser harto elaborados) marcados por un único violín y, eso sí, un cuidadoso trabajo de luces sobre el escenario, sobre los cuerpos (o los cuerpos sobre las luces, más bien) y un nuevo dimensionamiento del espacio.

El resultado es una pieza que empieza de una manera ordenada, casi académica, establecida sobre una norma de intervención clásica. Sirven a modo de presentación. Después comienzan a sumarse elementos, “personajes”, historias o cuadraturas. Donde insertar el círculo. Donde establecer la comunicación y la comunión de dos partes si bien no enfrentadas, sí con elementos singulares propios y fuertes. A partir de ahí surge la química entre ambos y el público presenciamos la obra desde la más absoluta de las atenciones. Olvidando el reloj, el tiempo, olvidando incluso el móvil e hipnotizados por un juego, un duelo que estos dos artistas (con la encomiable intervención del violín de Kuene) trasladan al espacio creado por ellos al que acudimos como meros espectadores, con una actitud que se acerca más a la de voyeur que a la de meros espectadores de un espectáculo de danza contemporánea. Es aquí cuando la obra trasciende el medio, trasciende la técnica o trasciende la disciplina por la que se comunica.

Un cierre… francamente inmejorable, de un mes de danza relevante.