Los señores de corbata al otro lado de la pista 13/11/2010 | Cristina Dominguez
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Tuve claro desde que vi la programación del este año del Mes de Danza que la Gala Fantoche no me la quería perder. Conozco parte del trabajo de Roberto Martínez, también de Pablo Peña. Si faltaran alicientes aún tengo otro: entrar en la Sala Holiday (ayer me estrené, a mis 28 añitos, nunca es tarde). La de ayer era una cita de posmodernidad, danza, remezcla y humor petardo… o eso era al menos lo que yo pensaba.

Claro, eso es lo que pasa. Soy de las que cuando va al cine no lee la sinopsis porque soy tan rápida haciéndome una idea que es fácil que luego no encaje con la realidad. Esta vez me ha pasado y la responsable soy yo, ¿quién me manda a mí a preconcebir un espectáculo? Si al menos hubiera visto la puesta en escena del pasado año de esta misma pieza en proceso de creación… pero ni siquiera eso.

Es el cuarto espectáculo al que asisto, el único donde esperaba ver humor y en el que menos lo he encontrado. Está claro que el propósito de Roberto y Bárbara es reírse desde el principio, ellos mismos denominan su show como “fantoche”, pero hay veces que el humor no hace gracia, no te pica en la barriga, no conectas con él… A mí me parece que tarda mucho en aparecer, solo a partir de la segunda mitad puedo ver algunas intenciones cómicas y lamentablemente en mí no surten efecto.

El warmup de Fran Torres y Pablo Peña está correcto, para mi gusto muy desapercibido, en mi idea de “cómo son las cosas en el mundo de Cristina” yo ya había decidido que primero bailarían y después nos tomaríamos una copa, ocupando la sala, al son de los tracks. La realidad es que no animan (nadie dice que tuvieran que hacerlo), y a mí en concreto hace que me impaciente ante la inminente llegada del espectáculo.

Querían demostrar estados de ánimo delirantes. El caos se exterioriza más en Bárbara, su manera de mover el cuerpo es mucho más dispar, desordenada, chispeante y paradójicamente, solo a ratos, poco ágil, con estampas muy bonitas. Por otra parte Roberto rompe en menos ocasiones y sus movimientos son más continuos, aunque cómo no también coquetea con el éxtasis. Nos reciben estos anfitriones de la gala con vestimentas absurdas, muy vistosas, de las que se van despojando a medida que crece el show. Ella se me aparece como una cándida oveja, él todavía no sé cómo, tampoco hay que andar definiendo. La performance recorre varios momentos: cada uno rompe consigo mismo al principio, interactúan con una comunicación fallida, supongo que intencionada. Luego, más tarde, ironizan sobre uno de los bailes más institucionalizados, los bailes de salón, se enredan, se caen… siguen buscando y ahí sí que estoy atenta (fue ésa la parte que más me gustó del espectáculo porque logro percibir algo) y alcanzan un clímax que hace que la chica se vaya y él se quede bailando a solas, con un adecuado cambio de luz, y una danza de esas que hacemos solos en nuestra habitación, sabiendo que nadie nos ve.

Pero sin esperarlo y pensando que todo terminaba aquí, Bárbara vuelve con un micro (del que ya había hecho uso antes) que no aprovecha del todo, por los textos y por su intención. Se acerca la última parte y después de que Roberto pinte con unas lápidas de tiza el suelo de la pista e improvise un cementerio a lo Dogville, ambos acampan y la pieza termina con un picnic en el camposanto. Este momento también es poético, como el solo de la habitación de Roberto.

Es una lástima que otros factores como la poca visibilidad de la sala hacen que desconecte en varios momentos, es entonces cuando me fijo en los señores de corbata al otro lado de la pista. Son dos. Ya han cumplido los cincuenta, puede que este año o puede que haga nueve. Podría decir que ellos están en su casa, cumplen en perfil de cliente asiduo de la sala Holiday (o tal vez sean familiares o amigos, o familiares y amigos fans de la discoteca). Me fijo en sus rostros (me gusta observar a la gente sin que se dé cuenta), intento deducir qué piensan y por un momento me pongo en su lugar. Es necesario empatizar, me hace gracia imaginarme entrando en mi bar favorito, con mis amigos y rodeada de los de siempre y de repente encontrar, por ejemplo, un ensayo de costaleros. ¿Se sentirían así estos señores?

Creo que lo mejor de anoche fue eso, insertar en un espacio singular una pieza, una performance, descontextualizar e integrar, demostrar a estos clientes que hay otras cosas ahí fuera, aunque a algunos de los que solemos ser testigos de estos eventos no nos convenciera demasiado o, más bien, nos dijera poco lo que ayer pasó en la mítica Holiday. Me quedé con las ganas de saber si a los señores de corbata al otro lado de la pista les gustó la Gala Fantoche.

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