Esta crítica al espectáculo «Quiet» de Arkadi Zaides, elaborada por María Navarro dentro del Taller Palabras en Movimiento desarrollado en el marco de la edición 18 del MES DE DANZA, ha sido seleccionada para ser publicada en la revista especializada en danza Susy Q.
Un biombo entrecortado y poblado de máscaras de esqueletos de animales con dientes afilados. Y cabezas de pájaros con picos muy visibles y puntiagudos y que se asoman amenazantes como testigos de algo inquietante que va a pasar a continuación. Esa es la sensación que te transmite la pieza Quiet. Y eso es justo lo contrario de lo que anuncia el significado de esta palabra (en inglés silencioso). Y eso es justo lo que sentimos en la sala Manuel García del Teatro de la Maestranza en su estreno la semana pasada dentro del Mes de Danza de Sevilla.
Arkadi Zaides director y coreógrafo viene de una trayectoria creativa muy vinculada al compromiso derivado de vivir en comunidades condicionadas por la intolerancia. La árabe y la judía. Palestina e Israel en escena tratando de comunicarse a través del baile. El trabajo desplegado por alguien inmerso en un conflicto de culturas y donde la impotencia se yergue como vehículo de expresión de los cuerpos. Y un cuerpo incomprendido tiene un lenguaje que explora mas allá de la técnica pero soportado en ella para transmitir lo primario y más animal y lo más atávico del ser humano. El miedo.
Y eso es lo que llega sobremanera en esta pieza poblada de lenguajes y pautas de movimiento compulsivo y voraz. Poblado de brazos y cabezas y manos y pies que se lanzan al suelo y al aire de forma a veces ruidosa y otras llenas de tics imparables y desbordados de los cuatro protagonistas. Se acercan unos a otros con rabia contenida a veces y sin tocarse tratan de herirse y de quererse para abrirse en el mundo del conflicto. Y en otras ocasiones se tapan con las manos las caras unos a otros para hacerse invisibles en el entendimiento. Y casi se tocan los rostros en otras ocasiones con los pies. Y saltan a veces juntos y dan zarpadas con las manos en el suelo marcando cambios de ritmo en ese intento continuo y constante de aproximarse pero con miedo. La impotencia del cuerpo sale de forma repetitiva que pasa de una pauta a otra como un goteo que llega a cansar y que no deja de marcar nunca la hora justa que dura el espectáculo.
Un final esperanzador y que parece algo abrupto tras tanto desasosiego desliza una luz de esperanza a través del abanico de los pájaros que portan tres de los protagonistas. El cuarto sujeto los recoge a modo de cola de pavo real pero en su cabeza dejándolo coronado de plumas que le den alas para soñar con otro mundo posible. El ruido electrónico perturbador acompañado del sonido de mar embravecido martilleando los oídos es un acierto total para acentuar la pauta de la desesperación. Y finalmente cesa. Cesa cuando se relajan los músculos del miedo a lo desconocido.