50×20. 50 creadores, 20 años de MES DE DANZA 04/11/2013 | ElClubExpress.com
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El pasado viernes uno de noviembre Sevilla se despertó bulliciosa y alegre, consciente de que la vida cultural recorría sus calles y de que en el Metropol Parasol se estaba gestando una auténtica fiesta de cumpleaños por todo lo alto. Mes de Danza cumplía 20 años inundando la ciudad de la mejor danza y la ciudad le devolvía el regalo con una mañana esplendorosa, un público muy numeroso y, sobre todo, una profesión agradecida y entregada. Desafiando las supersticiones absurdas del mundo de las artes escénicas, una marea amarilla ayudó al equipo de Mes de Danza a soplar las velas por todo lo alto.

A las 13h. 50 cuerpos se ponían en movimiento a los pies de la escalinata principal de Las Setas. 50 bailarines y coreógrafos, que representaban varias generaciones de la danza contemporánea en Andalucía, junto con algunos invitados nacionales muy entregados también, iniciaban una improvisación de casi 60 minutos fundiéndose y confundiéndose con el público. Duetos imposibles, estilos muy variados, cuerpos que se encontraban posiblemente por primera y última vez en sus carreras, algún que otro miembro espontáneo del staff del festival, niños seducidos por la música – interpretada en directo por un fantástico grupo de improvisación orquestado por Alejandro Rojas-Marcos-. Lo que viene siendo una fiesta en toda regla. La alegría de los bailarines era manifiesta, estaban disfrutando. Guillermo Weickert -coordinador de la sesión-, Manuela Nogales, Teresa Navarrete, Isabel Vázquez, Víctor Zambrana, Raquel Madrid, Raquel Luque, Lucía Vázquez, Juan Luis Matilla… y así hasta casi medio centenar de artistas que lo dieron todo, para orquestar un evento que, posiblemente, no se volverá a repetir en muchos años. A fin de cuentas ha costado 20 años el primero.

Emocionante fue la ovación final y emocionante el discurso de María González, directora-fundadora-madre-alma del Festival, que rompiendo su costumbre de llevar preparada unas palabras, se unió a la improvisación y a la efervescencia creativa del momento y habló al público desde el corazón, agradeciendo a la profesión este inmenso regalo que habían hecho y al público ese otro inmenso regalo que es apoyar año tras año la muestra. No tuvo reparos en declarar abiertamente lo que todo el mundo sabe: que en una ciudad como Sevilla, donde la continuidad en los proyectos culturales es una lucha titánica, 20 años de Mes de Danza es mucho más que una cifra, es un logro, es un hito. Y lo es no solo por la labor de difusión de la danza entre los espectadores, sino también por haberse convertido en una especie de eje sobre el que se ha ido articulando todo el tejido profesional. La creación coreográfica en Andalucía le debe mucho a Mes de Danza y se lo quiso agradecer como mejor se le da: bailando.

RECORRIENDO LOS RINCONES DE LA CIUDAD, DANZA EN ESPACIOS SINGULARES

Y con esta fiesta arrancaron 24 días de danza contemporánea en Sevilla, que este fin de semana vivió una esplendorosa sesión de su programación en Espacios Singulares. La siempre bulliciosa Plaza del Salvador se convirtió en el escenario de Equipo Rombo con la primera entrega de sus piezas cortas, Pletóricas: Provoke Velo. Raquel Luque, Eloísa Cantón y Susana Hernández enfundadas en un atuendo de luto beato, interpretaron una pieza que giraba entorno al deseo, a la anticipación y lo erótico representado en una barra de cabaret. Una puesta en escena sencilla, en las que Eloísa Cantón y Susana Hernández ponían la música de su propia cosecha, y que corresponde a un desarrollo artístico y creativo que viene de la primavera de 2012 y cuya segunda parte, El Roce, tuvo lugar el sábado en el Casino de la Exposición.

La compañía Umma Umma Dance en colaboración con el jovencísimo y prometedor bailarín Manuel Rodríguez presentaba Fith Corner, una versión reducida de la pieza Loser Kings – una de las grandes propuestas de los Espacios Singulares, también galardonada con el primer premio en el Ex Aequo Certamen Coreográfico Madrid 2012 -. Tres jóvenes bailarines – Xavi Auquer, Ares D’Angelo y Lautaro Reyes – esposados a ellos mismos, con atuendo de presidiarios, luchando desesperadamente para liberarse al ritmo de la música que golpea, uno detrás de otro, con movimientos eléctricos, vibrantes, ágiles. Como si quisieran salir de ellos mismos, por separado, todos a una luego. Casi parece que se liberan. Eclosionan. Buscando la libertad casi utópica, demostrándonos los límites, y cómo podemos ser presos de nuestra propia alma en esta pieza, que recorrió varios espacios de Sevilla durante el fin de semana, como Las Setas, Puerta Jerez o el barrio de San Jerónimo.

Desde el País Vasco, la compañía Kukai trajo una interesante propuesta, sórdida con música electrónica que violentaba. Guiados por los golpes de los tempos y ritmos, combinando lo contemporáneo con la danza tradicional vasca en su lenguaje artístico, Sorbatza, es una pieza en la que los cuatro bailarines – Alain Maya, Eneko Gil, Ibon Huarte, Jon Maya – destilan energía y fuerza. El sonido establece un papel importante en el juego de roles establecidos entre ellos, usando los altavoces como potenciadores de energía, vibrando con la distorsión, en búsqueda de la armonía que parece llegar después. Las Setas y el Museo Arqueológico fueron los escenarios de esta interesante propuesta.

En contraste ante estas piezas de tanta fuerza enérgica, el Colectivo La Casquería, compuesto por Raquel López y Anna París llevó al Jardín de América y al barrio de San Jerónimo una pieza muy narrativa, intimista y que apela directamente a las emociones. En la habitación, el encuentro y desencuentro de dos mujeres que se rehuyen y se buscan, que se miran recelosas pero con deseo. Cuyos movimientos las acercan y las separan sin solución. Una invitación a meternos en ese cuarto, a crear el relato con nuestra mente, a imaginar las conversaciones mudas que no tienen. La llegada, la búsqueda, el miedo, el acercamiento, la unión y la pérdida. Simples espectadores que pasan a ser protagonistas de lo que allí ocurre a través de los movimientos de estas dos bailarinas.

Laila Tafur Santamaría llevó al Parque de María Luisa y al Metro de Puerta Jerez un proyecto cruzado, entre flamenco, danza contemporánea, y reminiscencias al western. La búsqueda de la intérprete en su Mi arma, a través de la experimentación y la combinación. Una pieza en formato solo, en la que las alegorías al western americano desde el flamenco son recurrentes: guitarras y rasgueos que son gatillos, el desafío del baile como duelo.

La Cartuja también fue uno de los escenarios elegidos para llevar la danza a los rincones. La selecta pieza de Anna Jonsson en el Centro de Arte Contemporáneo, dejó a muchos de los espectadores fuera, a la espera de poder ver esta propuesta de la artista, a la que solo pudieron entrar un grupo reducido de personas. Del cerdo se aprovechan todos, o lo que es lo mismo, una metáfora del mundo actual con dos ramificaciones: la instalación artística que permanecerá en el CAAC, y la colaboración de seis bailarines en una especie de performane en torno al cerdo de dos metros y diversos objetos y recursos audiovisuales. El siguiente punto fue el Pabellón Tres Culturas, que acogió el Work is all in progress de Zoheir y Younes Atbane y Aziz Nadif, retratando la situación del artista y la danza en el contexto marroquí. Una pieza enmarcada dentro del Ciclo Creadores Del Norte de África: Marruecos, que comenzó a desarrollarse en la edición anterior.

El barrio de San Jerónimo, al que también llegó la danza, fue testigo exclusivo de la propuesta de María J. Villar y su Proyecto Pies Muertos con La última foto de Francesca, una pieza que gira en torno al mundo fotográfico de Francesca Woodman, intentando recrear en ella su última fotografía antes de su fatal desenlace suicidándose por una ventana. María J. Villar con un acertado acompañamiento sonoro en directo cortesía de Rafa Torres, consigue crear una atmósfera opresiva, decadente, en la que ella cae, cae, baila a ras del suelo, y se inmoviliza buscando el obturador invisible que la fotografíe en cada escena. Caer una y otra vez, cada movimiento cortado es una fotografía inexistente, y ella refleja el vértigo de la caída, el golpe con el suelo, la inmortalidad de una instantánea ante algo perecedero como es el movimiento.

Texto: Gloría Díaz y Piedad Bejarano